La inteligencia artificial no es una materia aparte
En las reuniones con padres de familia hay una pregunta que se repite, y que casi siempre llega con algo de recelo: «¿Ustedes usan inteligencia artificial con los niños?».
La respuesta es sí. Pero la pregunta importante no es esa, y me gustaría explicar por qué.
Lo que decidimos no hacer
Cuando empezamos a conversar esto en el equipo docente, la salida fácil habría sido abrir una asignatura nueva. «Clase de inteligencia artificial», una hora a la semana, en el horario junto a las demás.
Decidimos no hacerlo, y la razón es sencilla: una herramienta que se enseña aparte se aprende aparte. El estudiante la asocia a esa hora, a ese aula y a ese profesor, y no la conecta con el resto de su trabajo. Es lo mismo que pasó durante años con la computación, que se enseñaba en el laboratorio y no aparecía nunca en la clase de Lengua.
Lo que hicimos fue lo contrario: la inteligencia artificial entra dentro de las materias que ya existían. En el trabajo de investigación, en la preparación de una exposición, en la revisión de un texto. Donde ya había una tarea, ahora hay además una conversación sobre cómo se hizo.
La pregunta que sí importa
No es si la usamos. Es para qué, y sobre todo, cuándo no.
Porque aquí está el punto que a los padres suele tranquilizarles cuando lo escuchan completo: gran parte del trabajo pedagógico no consiste en enseñar a usar la herramienta —los niños la aprenden solos, y más rápido que nosotros— sino en enseñar a decidir si corresponde usarla.
Un estudiante que le pide a una máquina que le resuma un texto que no leyó no está ahorrando tiempo: está saltándose justo la parte donde iba a aprender algo. Nuestro trabajo es que él mismo note la diferencia, no que nosotros se lo prohibamos.
Eso no se enseña con una norma. Se enseña con criterio, y el criterio se construye practicando en situaciones reales, con un docente al lado que pregunta: ¿esto que te devolvió es verdad?, ¿cómo lo comprobaste?, ¿qué parte pusiste tú?
Tres reglas que aplicamos
- Primero el intento propio. La herramienta entra después de que el estudiante produjo algo suyo, no antes. Lo que se compara es su versión con lo que la máquina propone, y ahí aparece el aprendizaje.
- Se declara lo que se usó. Igual que se cita un libro. Un trabajo hecho con ayuda no es un trabajo peor; un trabajo que esconde la ayuda sí es un problema, y es un problema de honestidad, no de tecnología.
- Hay tareas donde no entra. Cuando lo que se está evaluando es precisamente la destreza que la herramienta reemplazaría, no se usa. Leer, redactar a mano, calcular mentalmente. Esas capacidades siguen haciendo falta y no se delegan.
Y el inglés
Un párrafo aparte porque también nos lo preguntan mucho. El inglés lo trabajamos con la metodología AMCO, que es un programa estructurado con su propio material y su propia progresión. No es una clase de conversación suelta ni un complemento: tiene secuencia y seguimiento.
Conviven bien las dos cosas. La herramienta puede ayudar a practicar, pero la estructura del aprendizaje del idioma la da el programa y la da el docente.
Lo que le diría a un padre que duda
Que el recelo es razonable y que no se lo vamos a discutir. Que la pregunta correcta no es si sus hijos van a usar estas herramientas —las van a usar, dentro y fuera del colegio, con nosotros o sin nosotros— sino si alguien les va a enseñar a usarlas con criterio mientras todavía están a tiempo.
Eso es lo que intentamos hacer aquí. No como una novedad para el folleto, sino como parte del trabajo diario de las materias de siempre.
Si tiene preguntas concretas sobre cómo se ve esto en el grado de su hijo, escríbanos o venga a conversarlo. Es más fácil de explicar mostrando el trabajo que describiéndolo.
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